Paul Celan: la distancia

Levantes la piedra que levantes

despojas

a quienes precisan el amparo de las piedras:

desnudos

renuevan ahora la trama

Tumbes el árbol que tumbes

construyes

el lecho en donde

las almas una vez más se estancan

como si no vibrara

también este

eón.

Digas la palabra que digas

agradeces

el deterioro.

Es un atrevimiento traer aquí este poema de Paul Celan. Me parece que abre la distancia de lo inapropiado. Pero justo por ahí transita el propio poema. Todo dentro de él es distancia. Dentro de la primera estrofa. Esa que alude al gesto tan concreto e inapropiado de levantar una piedra cualquiera, dejando al descubierto y desnudos a los seres necesitados del amparo de las piedras.

Distancia entre la primera y segunda estrofa que alude a la dirección contraria de levantar y desenredar: ese gesto de tumbar y estancarse.

Distancia dentro de la segunda estrofa entre el estancamiento, quizás interior, según yo quiero ver, y la vibración, quizás estelar.

Y finalmente la última estrofa, que mi propia torpeza ejemplifica:

cualquier palabra que esté diciendo, agradece el deterioro. Quizás también del propio poema de Celan. ¿A qué viene uno a decir algo?

Esa distancia, entonces, entre el agradecimiento y el deterioro.

Es distancia, es abertura, es brecha lo que ocurre, a veces, en poemas como este. Y uno quisiera entonces caminar de puntillas por esa abertura, esa brecha recién abierta, caminar de puntillas, sin hacer ningún ruido, entre las briznas del mundo.

Pero la brecha se cierra, el poema se olvida, el hilo te arrastra, y vuelves a levantar otra piedra y a decir cualquier palabra o cualquier poema inapropiado que agradece una y otra vez el deterioro.

¿Dónde esa comprensión o compasión de lo que permanece sin mostrarse? ¿Calor sin nombre, voz sin palabra?

(La traducción del poema es Jesús Munárriz, aunque he cambiado «el enredo» por «la trama»)