El ritual sagrado del gesto

Me fui separando poco a poco de los rituales y de la oración, gestos que iban quedado desvalorizados, según iba afianzándose el peso de la razón. Sin embargo, tengo más de trescientos años, y a estas alturas soy ya muy consciente: si no es “anima”, será “ánimo”, pero algo dentro de mí está exhausto, extremadamente cansado de buscar. He bregado demasiado en una búsqueda imposible ahí afuera, y ahora lo intuyo con más claridad: esta búsqueda no va a concluir nunca bien.

No puedo volver adentro, porque eso ya me quedó bien claro a lo largo de tres siglos. Destruí la confianza en lo inmaterial, en cualquier tipo de manifestación que rozara lo espiritual: aquello, de aquella manera, no podía dar más de sí. Ahora voy camino de destruir los últimos restos de confianza en la materia. Puede que me lleve aún algunos siglos más, si es que se diera la oportunidad. Podría ser entonces que concluyera también esta destrucción; es inevitable, ya tampoco da más de sí.

Creo que cuando a uno y otro lado de mis pies solo quede abismo en esta cuerda floja del tiempo, cuando haya comprendido que nada adentro y nada afuera tiene consistencia para sostener lo que nunca se va a poder sostener, quizá entonces estaré preparado para mirar “la tierra media” y vacía del gesto, del trazo: esa pureza.

Soltando el peso de tener que ser algo “bueno” ahí dentro, soltando el lastre de tener que llegar a algún sitio “estupendo” ahí fuera, descansar en esto que surge “sin juicio”, debería ser posible alguna vez, debería ser posible.

Mientras tanto, voy entendiendo por qué rechacé el ritual y la oración como algo hueco y vacío… Sigo convencido de que es cierto, yo tenía razón: de alguna forma el ritual y la oración están completamente vacíos de contenido, pero es que me he empeñado a toda costa en buscar “contenidos” . Y esa búsqueda, tanto adentro como afuera, termina mostrando siempre la impermanencia que late debajo de todo. Sin embargo, lo que en el ritual y la oración se muestra no es tanto el “contenido”, como la atención depositada en el “gesto”, el tacto de la voz, la pureza que sucede en el trazo, el ritual de atender, el tiempo suspendido en el instante que transcurre a través del cuerpo, solamente el cuerpo, no de la idea, no la razón. No «más allá». Podría ser una forma de cruzar lo que nunca se puede sostener.

Esa atención que regresa al cuerpo.

Eso parecen mostrar estos ángeles de Andrei Rublev, detenidos sus cuerpos en el gesto eterno del instante.

Es mucho más, lo sé, esta obra. Pero no hace falta recurrir al pensamiento para entender. El cuerpo sabe. Eso dicen sus cuerpos. El trazo. La atención depositada en el gesto. La escucha de lo sagrado en el cuerpo. Descansar, descansar ahí.