El temblor

Mi primer maestro fue el maestro Borrega. Era la década de los cuarenta del siglo pasado, la posguerra. El maestro Borrega llegaba al cortijo antes de que empezaran las faenas del campo. Los labradores ocupaban una pequeña zona del cortijo. Mi madre era entonces demasiado pequeña, y parecía distraída escurriéndose entre los hermanos mayores, que aprendían a leer y escribir. Lo que no sabían es que ella almacenaba las hojas arrancadas del almanaque cada día y en la historia que había detrás de cada hoja, repasaba a escondidas las letras que escuchaba distraídamente del maestro Borrega. Ella no tuvo nunca otro maestro que aquel impulso. Y escribía con cierto temblor, pero tan humano.

Mi padre sí fue alumno del maestro Borrega durante un tiempo muy corto. Luego, fue mi padre quien compró una cartilla y me enseñó las primeras letras. Lo hizo cuando me llegó la edad de empezar la escuela y resultaba inaccesible aún para nosotros. Parecía que él me enseñaba las letras que había aprendido de aquel maestro itinerante, pero lo que sin saberlo me estaba mostrando era también el impulso.

El impulso llevaba al maestro Borrega de un cortijo a otro en aquella posguerra.

El impulso empujaba a mi madre a esconder las hojas del almanaque.

El impulso le hizo comprar a mi padre aquella cartilla.

Cuento estas imágenes porque son los más hermosos poemas que he recibido nunca.

El impulso atraviesa el tiempo, y tiembla como un poema, escondido algunas veces entre los contenidos estructurados que se enseñan. Va de cuerpo en cuerpo sin que la razón se entere. Un impulso es necesario para salir de la inercia que arrastra el cuerpo: ese impulso únicamente llega desde el maestro itinerante. Volver a él es imprescindible ya.