Kaili blues, de Bi Gan. Un plano secuencia que es un río.

Volveré a verla, pero escribir ahora justo cuando acaba, y todavía suena la canción y el tren se alarga aún atravesando el túnel bajo los créditos, escribir ahora es sentir cierta leve alegría que nace… ¿desde dónde?

Parece el brote verde de ayer junto al camino, naciendo entre el ramaje tan gris y despoblado de la higuera, también ella en este borde de un invierno que ya comenzó a brotar otra vez por todos lados, pero sabe, o sabe el corazón, llevarlo ya dentro de sí a cada instante. Mientras atraviesa de nuevo cada estación, el invierno las resume a todas.

Hablo de un filme que es un poema inmensamente verde atravesando el deterioro.

Hablo de un filme lleno de relojes, como un poema del tiempo; un poema que comienza precisamente con una cita sobre el tiempo del Sutra del diamante.

La primera hora es así. Atraviesa el deterioro, las afueras de una ciudad nuestra, reconocible en el interior, todo lo que está oxidándose, enmoheciendo, en los bordes de un puñado de vidas. Pero hay que desistir de la trama con sus tiempos consecutivos. Lo dice el Sutra al comienzo. Uno ya ha desistido de la trama al final de la primera hora y, por esa razón, puede haber incluso cierta incomodidad, cierto extravío. Uno no sabe bien lo que está haciendo mirando esa película de un poeta chino de menos de treinta años metido a director de cine.

Pero entonces comenzó ese plano secuencia que te conduce por el resto del poema, definitivamente ya poema, sabes que el film es un inmenso poema río que te está llevando.

No vengo a hablar aquí de una película, ni la recomiendo, no digo nada digno de decir, no sé si es mejor o peor. No quiere ser mi tiempo el tiempo del juicio. Solamente sigo el movimiento que me ha dejado y lo cuento, inútilmente lo cuento. Alguien puede verla, acaso, y quizás nada coincida con estas palabras. Pero tiene que ser así. Yo no cuento, sino que quiero decir, enmarcado por el paisaje caprichoso que yo mismo he cruzado, quiero decir, digo… el movimiento.

Ese gesto que se instala y nos cruza… Nos cruza el vivir de un instante con la lentitud de un río. Ahora tomo el río, cruzo el puente, o me subo en la barcaza que gira dentro de la parsimonia entre el cielo y el agua. Ahora atravieso paisajes junto a otros cuerpos, y sé que cada paisaje en cada mirada es distinto. Es otro en cada uno, siendo siempre el mismo río. La cámara gira a la vez para todos los cuerpos en la misma curva. La cámara o el río toma un cuerpo, suelta al otro, se desvía más allá en busca de otros cuerpos, recupera al que había dejado al principio y lo enfoca ahora desde otra perspectiva.

Y uno descubre que definitivamente no hay trama, pero sobre todo descubre que no hace ninguna falta. Sin embargo, sin ningún argumento, hay vida, hay río, hay cierto relato donde todo está entrelazado, cada cuerpo, cada vida.

Ese inmensamente hermoso plano secuencia de cuarenta minutos es un río, un mismo río, un mismo crujir de la barca de la vida que nos va entrelazando a todos. Nos coge, nos suelta, nos recupera más allá en otra curva, una misma curva para todos siempre, donde se cimbrea un cuerpo quizás acercándose a la curva de otro cuerpo.

Lo que yo quiero contar es la curva.

Hay ratos en la vida en los que hace falta la música. Y más que suene alguna pieza, el momento lo que pide es hacer sonar algo uno mismo. Y no es tanto buscar el instrumento propicio que uno sepa tocar adecuadamente, como distinguir cierta curva del aire dentro del propio cuerpo ajustándose, queriéndose ajustar al cimbreante ritmo del río. Hace falta esa música tocada en el propio cuerpo. Escuchen ahí, por favor, el poema, el río, el aroma impreciso de una tarde, la luz desvanecida sobre la piel, el gesto de otro cuerpo ajustándose a la curva del mismo río nuestro. Escuchen, por favor, el brote de la higuera que conserva en su corazón todo el invierno.