La trama

Comienza a mostrarse la trama de los olivos. Dentro de mí, la palabra “trama”, está invariablemente asociada a la voz de mi padre, y a un impreciso gesto suyo calibrando, en la calidad de la floración, la futura cosecha.

Las inflorescencias recién brotadas se convertirán pronto en flores. En algunas de esas flores surgirá un ínfimo botón verde como la cabeza de un alfiler, arrojado hacia el fruto final de una buena o mala cosecha.

En su origen “trama”, conectada a otra hermosa palabra, urdimbre, alude a un entrelazamiento “textil”. Luego, metafóricamente, el lenguaje ha nombrado así la floración de algunos árboles. Y ha trasladado también el mismo nombre a ese otro entrelazamiento que ocurre entre las partes de un asunto o argumento.

Igual que la trama de un asunto busca su desenlace, y de la misma manera que la floración persigue su fruto, la mente segrega continuamente los hilos del pensamiento. La mente fabrica así su propia trama. Esa es nuestra mente, arrojada en busca siempre de algo: un desenlace, un fruto.

Algún día, esa mirada, insistentemente dirigida hacia fuera, termina dejándonos exhaustos. Hay algo dentro…siempre arrojado… siempre en busca de ser. Hay una tensión larvada por ser algo, que produce así el inevitable aferramiento. Produce el gesto interior de retener: objetos, posesiones, recuerdos, experiencias agradabeles, creencias, conocimientos, reputación, cierta buena fama… toda una variedad de frutos posibles. Y rechazar toda otra variedad de malas hierbas. Se parece un poco al gesto del padre que calibra la cosecha y la cuida.

Sin embargo, el hijo o la hija, otra parte que también convive dentro, vive quizá en el extravío de la belleza, con una entrañable candidez que pudiera causar sonrojo a la parte padre de uno mismo.

Es cierto que alguna vez el hijo o la hija quiso atrapar mediante al belleza algún fruto. Pero afortunadamente pronto descubrió que eso es inútil. Hay que callar en la mirada. La belleza, si es llevada al gesto de aferramiento, de búsqueda o apropiación, cruje: hueca, como cáscaras de huevo pisadas.

La belleza ocurre cuando se muestra en un destello, apenás en un destello, el envés de la trama: la transparencia. La belleza busca en la floración el camino del regreso. El fruto hacia dentro es una trama de agua, minerales, luz entretejida a la sustancia vegetal, el peso invisible del aire que penetra tan sutilmente todo…

Y cada uno de estos elementos, a su vez, es otra trama dentro en sí mismo. La gota de agua colgando temblorosamente en la hoja es una trama de sustancias invisibles. Y cada sustancia invisible es otra invisible trama diminuta, cada vez más diminuta. Al final de la materia, en lo más ínfimo, queda solo espacio, vibración ondulante. También en lo más profundo e íntimo de cada persona, como ocurre en el extremo final de toda materia, la trama se desenreda convertida en espaciosidad sin bordes, en una transparencia semejante al asombro y al silencio. De esta manera, hacia dentro, el gesto aferramiento terminará alguna vez por deshacerse.

Eso es lo que señala, apenas señala, solo muestra, no más que muestra…

… el destello de la belleza colgando temblorosa del instante como una gota de agua.

En esa transparencia, cuando algún día se haya desecho ya el aferramiento, se abrirá quizá, como dice el maestro errante, el espacio de una creciente calidez. Que bueno sería que esa calidez espaciosa pudiera acoger al errante, al ser desterrado, al arrojado hacia fuera y en búsqueda exhausta, inagotable.