El viento en las hojas

Hay mañanas hechas para las briznas. Para sostener cierta ternura de esparto fresco entre los dientes. Entonces, el mundo es carne y la carne es yerba. Éstas últimas, saliendo de entre la memoria, las reconozco como palabras de otros, pero da igual. Nadie siente dentro de las palabras. Ellas están secas, demasiado secas, aunque a veces cumplen muy bien con su cometido de llevar el viento sobre sus espaldas quebradizas y otoñales de un sitio para otro, por entre calles vacías y desfiladeros profundos, incluso por entre las grietas del alma o lentamente por entre los labios hacia otra piel. Y el viento, sí. Él lleva algo mío.

Todo esto viene a que busco desde hace varios días la forma de compartir el inicio de El acoso, de Alejo Carpentier. El libro suele ir conmigo. Su edición muy barata y ya demasiado desvencijada me acompaña de domicilio en domicilio. Y no es por otro motivo que por ese viento que transporta sobre sus hojas amarillentas y otoñales.

Aquel filósofo, Deleuze, hablaba de confluir con tres alas. Conocer: conceptos. Sentir: afectos. Pero, de manera fundamental, también: mirar, nuevas maneras de percibir, los llamados perceptos.

En el inicio del Acoso, el taquillero de la sala de conciertos, lee y experimenta “el pueril orgullo de haber comprendido aquel texto” en el libro que está leyendo. Pero absorto en ese escueto y pueril “conocer”, no se da cuenta de que ha acabado la primera parte del concierto, y de repente es sobresaltado por…

“… el alboroto que lo rodeaba. Sorprendidos por el turbión, los espectadores dispersos en la gran escalinata regresaban al vestíbulo, riendo y empujando a los hacinados que se llamaban a voces por entre los hombros desnudos, rodeados de una lluvia que demoraba en el acunado de los toldos para volcarse, como a baldazos, sobre peldaños de granito. A pesar de que estuviese sonando la segunda llamada, permanecían todos allí, enracimados, por respirar el olor a mojado, a verde de álamos, a gramas regadas, que refrescaba los rostros sudorosos, mezclándose con alientos de tierra y de cortezas cuyas resquebrajaduras se cerraban al cabo de larga sequía. Después del sofocante anochecer, los cuerpos estaban como relajados, compartiendo el alivio de las plantas abiertas entre las pérgolas del parque. Las platabandas, orladas de bojes, despedían vahos de campo recién arado.”

No es casualidad este comienzo de El acoso. La estructura de esta pequeña novela es musical. Pero a mi me interesan detalles más insignificantes, como esa frase donde el inciso “como a baldazos” remarca gramaticalmente una detención que hace leer con el cuerpo el breve instante de agua detenida en los toldos antes de caer sobre los peldaños. O esa cercanía gramatical de los “hombros desnudos” y “la lluvia”, que termina siendo leída físicamente. Sentir, la sensación en tromba, ampulosa y gramaticalmente cayendo sobre la piel, refrescándola.

Tras hacer brotar los cuerpos, el párrafo hace brotar la lejanía. Hasta las escalinatas, donde se demoraban los espectadores sin responder a la segunda llamada, llegaba el vaho de las platabandas del parque orladas de bojes, pero eran vahos que contenían una lejanía sin bordes y un asombro de campo recién arado. Vaho desde los arriates o viento sobre las hojas secas de las palabras… Todo aquel mundo sensorial, el sentir que abre el cuerpo, parece también abrir algo que está mucho más allá. Pero en realidad, y a fin de cuentas, lo que ocurre es que aquello que está más allá es el propio cuerpo.

Es una mirada: me parece una manera de percibir. Abrirse a todo aquello que se deshace, sin intentar retener nada, es como borrar el límite. Y entonces, todo lo que quiso llevarnos alguna vez más allá…. es esto ya de aquí… esta abertura con el afuera extendiéndose en el propio cuerpo.

«Después del sofocante anochecer, los cuerpos estaban como relajados, compartiendo el alivio de las plantas abiertas entre las pérgolas del parque».

Ese alivio hace falta y está en la mirada que sostiene la perplejidad al borde de las escalinatas mientras suenan los timbres llamando.