La desaparición de mi madre, Beniamino Barrese.

“No hay salida”, dice en algún momento Benedetta Barzini. El gesto de congelar el mundo en la imagen y su recíproco, el de congelar la mirada en la identidad, son ambos inútiles y dolorosos. Pero a veces la mirada y el mundo se muestran en un destello fugaz siendo la misma cosa. Se entreabre entonces la puerta de salida, que es lenta y requiere tiempo. Toda una vida o varias, puede ser. Otra dirección, sin embargo.

A pesar del aparente enfado de la Barzini, el mundo de la imagen es insoslayable a esta alturas. Pero ella en realidad a sus setenta y cinco años parece haber atisbado la otra dirección. Y nos la muestra o se la muestra a aquel hijo que buscaba ser mirado. Barzini descongela la imagen de sí misma que fue y señala dónde se ocultó desde siempre la que no pudo ser. ¿Arte, poema, filtros de Instagram? Da igual cuando llevan al cuerpo a reconocer en la imagen congelada su ritmo interior, lo más propio e irrenunciable, lo que siempre está ahí agazapado, otra dirección: la danza que deshace y suelta el doloroso afán del pensamiento por retener.