Inmersión

Salvé un primer poema de los quince años, donde en un solo verso escondía de mí mismo toda una evidencia: ¡padre tengo frío! Tal cual: más claro, imposible, pero no lo veía. También, por dos veces, escrita a mano y luego en la vieja Olivetti, salvé una columna de Manuel Vicent titulada Inmersión, que es de lo que voy a hablar. Salvé las cartas de un amigo escritas a pluma con primor y cuidado exquisitos. Aprecié mucho ese cuidado. Las guardé como tesoros que tuvieron siempre más realidad que todo lo demás. Salvé una foto de los cuarenta y pico años publicada en un periódico local. Debajo, un inmenso titular: escribir es una necesidad y una búsqueda. Tuvo que ser cierto que dije algo así. Pero solo pude salvar cinco únicos poemas escritos entre los veinte y los cuarenta años. No hubo más necesidad, parece, y olé, estuvo muy bien así. Ahora comprendo que lo tenía todo bien “encontrado” entonces. Salvé, por último, un único verso de García Lorca: “la una era la otra y las dos eran ninguna”.

Con todo eso podría construir un relato, con enredo amoroso, incluso. El lenguaje es así. Empiezas a tirar del hilo y construyes un mundo, puede incluso que un pasado. De dudosa realidad todo.

Sin embargo, alguna certeza vislumbré en la columna de Vicent, para que la copiara dos veces, y la metiera por partida doble en la botella. Allí lancé un extraño mensaje a alguno de los “yoes” que yo podría llegar a ser alguna vez, supongo. Y llegó a la orilla, sí. Lo que sigue son algunos fragmentos.

«No eres más que un poco de agua salada. En eso consiste tu esencia. La humanidad es otra forma de mar, y la sabiduría estriba en conocer o explorar precisamente el mar que cada uno lleva dentro. Si quieres ser libre, ponte cómodo. Siéntate en tu sillón preferido, y mientras las gaviotas se quedan gritando sobre tu cabeza en el cielo de la habitación, deja que la mente se sumerja con lentitud en las cavernas submarinas de tu carne. Relájate, hermano (…)

La máxima profundidad que puedes alcanzar con el pensamiento nunca irá más allá de la planta de los pies…

..pero bajando con el pensamiento hasta ellos, convertida la altura de tu cuerpo en una sima acuática, tal vez descubrirás en el camino grutas y quebradas interiores donde algunos escualos oscuros se confundirán con tus deseos, y las algas en las vísceras condensarán la última luz de tu cerebro cuando esté a punto de posarse en el fondo.

Esta inmersión es un buen ejercicio para sacudirse de encima el yo, ese rey que suele elegir como trono la boca de tu estómago.

(…)

Si quieres ser libre intenta refugiarte en el litoral de ti mismo… «

Creo que es acertada esta expresión de Manuel Vicent… pero hay que puntualizar que el litoral de ti mismo indica el comienzo del afuera de ti mismo, y esa es la necesaria paradoja que hay que acoger: el mar dentro de ti, es entrar en el afuera de ti. En cualquier caso, así termina la columna:

«Para eso basta con que te sientes en tu sillón preferido, cierres los ojos y escuches el mar dentro de ti. Entonces deja que la memoria se vaya sumergiendo con suavidad en el agua de tu cuerpo hasta que alcance la profundidad de los talones. Allí están naufragadas desde tu infancia algunas monedas de oro.»

No hay ninguna moneda de oro, es ya sabido. Eso pensé con media sonrisa, nada más terminar de leer el mensaje. Sin embargo, el lenguaje es así. Empiezas a tirar del hilo y sacas siempre un relato para tu vida. Esta entrada que escribo ahora es eso, un relato.

Escribir es una necesidad, no iba yo muy descaminado. Necesidad de ser visto, la gran mayoría de las veces. Y está bien que así sea y así se haga. Eso de sacudirse el yo de encima parece dicho por Vicent un poco a la ligera. No es tan fácil.

Pero también escribir es una necesidad de ser parte, buscar o construir un relato donde quedar incluido. Y esto ya es otra cosa que no me parece tan bien. Porque seguir el relato es no acabar nunca la búsqueda: agotador, inútil.

Las monedas de oro refulgirán solamente en el preciso instante de abandonar la búsqueda.