El entrelazo: Merleau-Ponty

Mi conocimiento de la filosofía es muy limitado. No sé si por esto mismo, pero mi relación con algunos textos filosóficos tiene esa fruición de quien solamente puede tocar la cascara que envuelve un extraordinario fruto. Dentro, inaccesible a la comprensión racional, hay una certeza de luminosidad. Presentida, intuida en el roce de una y otra lectura. Casi la misma relación de comprensión imposible que se puede mantener con la imagen poética.

Ese fue el tipo de acercamiento que en su día tuve con el texto inacabado de Merleau-Ponty Lo visible y lo invisible. Coloco al final de esta entrada un enlace a un fragmento más extenso, pero aquí solamente quiero reflexionar a partir de esta breve cita:

Yo, que veo, tengo también mi profundidad, ya que estoy adosado a lo visible que veo y que sé muy bien que me envuelve por detrás. El espesor del cuerpo, lejos de rivalizar con el del mundo, es, por el contrario, el único medio que tengo para ir hasta el corazón de las cosas, convirtiéndome en mundo y convirtiéndolas a ellas en carne.”

Partiendo de la profundidad, apuntada en la cita, quiero realizar mi propia indagación en esta entrada. Quizás nos acerque un poco más a esa idea de profundidad, otra cita de Valery, quien creo que dijo: lo profundo es la piel. Pero esto son citas, palabras… hacia donde yo voy, las palabras quedan insuficientes. Tocar la profundidad de uno mismo solamente se puede hacer a través de la experiencia. Y esa cualquiera la ha tenido, fugazmente, de diferentes maneras y ocasiones. Sugiero traer al recuerdo de cada uno algún momento de extraña paz en el que la agitación habitual de la mente se calma. Se trata de esos extraños momentos en que parece que la transparencia del aire atraviesa el cuerpo. Entonces, desde ese recuerdo, vamos a aportar a la profundidad, un matiz distinto. Creo que la palabra espaciosidad expresa mejor el matiz que yo quiero aportar aquí. Habrá sido fugazmente, y no es habitual, pero hemos sentido alguna vez, apertura del interior: las ocasiones pueden ser diferentes… la lectura de un poema, cierta meditación, el roce de otra piel, algún indefinible aroma, la perplejidad del paisaje visto desde la cumbre de una montaña o quizá el estallido de color al atardecer… En todas las ocasiones, me estoy refiriendo a algo más que ese típico… «qué bonito». Creo que no es habitual, y ocurre pocas veces, pero todos lo hemos sentido: se trata de una experiencia del cuerpo, cuando bajo cierta especie de abandono o perplejidad, uno siente que algo limpio abre espacio interior…

Pues bien, lo que yo quiero decir es que esa espaciosidad ocurre gracias al cuerpo. Debido a que podemos sentir la consistencia del cuerpo propio, puede ocurrir la paradójica apertura de espaciosidad interior… precisamente al desmoronarse el cuerpo, su consistencia. Es en ese espacio donde ocurre la visión, donde ocurren las formas… donde se destaca cada objeto, cada cuerpo de ahí fuera, cada sonido, cada aroma… En esas ocasiones de espaciosidad interior cada elemento del mundo se destaca con una luminosidad especial. Cada forma adquiere un brillo tan limpio como cuando sale el sol inmediatamente después del aguacero.

Hay que insistir, todo eso ocurre gracias a que imperceptiblemente nuestra forma, nuestra propia consistencia, de alguna manera, se ha deshecho… El propio cuerpo, su percepción, la tensión interior se afloja, se desmorona y entonces no somos mas que «mundo» y el mundo ocurre en nosotros.

Volvamos a la cita… «El espesor del cuerpo, lejos de rivalizar con el del mundo, es, por el contrario, el único medio que tengo para ir hasta el corazón de las cosas, convirtiéndome en mundo y convirtiéndolas a ellas en carne.»

Hay un entralazamiento entre consistencia e inconsistencia, un entrecruzamiento entre forma y espacio vacio ante cuya percepción fugaz no cabe otra cosa más que agradecimiento. No cabe más que descansar cuanto sea posible en la calma que abre esa perplejidad entrevista. Dejando quieto el afán de comprensión racional.