La abertura

Cuando supe que los griegos de la época arcaica, no tenían la noción de infinito, comprendí que el lugar de mi nostalgia no era un espacio físico, sino una mirada capaz de sostenerse sin dificultad en la abertura. Una abertura no es otra cosa que el espacio que puede abarcar cada sensación. Una abertura puede alargarse hasta la profundidad del horizonte, allí donde el mar se junta con el cielo. Pero otras veces el primer sol de la mañana se hace abertura en la intimidad de la habitación. O surge la abertura desde el luminoso sabor de alguna fruta. O desde el impreciso aroma del jazmín. Una abertura ignora el infinito. Sin embargo, no tiene límites: se abre y se cierra como cualquier línea trazada en el agua. Es imposible determinar dónde empieza y donde acaba. Quizás haya un vivir que ocurra de esta manera, de abertura en abertura, innumerable, pero nunca más allá.

Yo sentía, sin embargo, la tirantez del hilo, clavado como un anzuelo en algún lugar de mi interior, sentía esa presión que arrastra de una manera sutil hacia un poco más allá, siempre un poco más allá de la abertura. Uno puede mirar la luna y sentir cómo el hilo te arrastra desde mucho más allá de las últimas estrellas visibles con la pregunta ¿hasta dónde? Pero también puede ocurrir que el hilo atraviese tu infancia, ensarte tu adolescencia, atraviese el año que estás viviendo y quiera conducirte hacia algún pequeño destino que cumplir. Otras veces llega desde la mirada de tu padre, o de tu hijo o de cualquier otra persona y contiene una hermosa esperanza sobre ti, algo que llega a convertirse en otro hilo invisible que arrastra al cumplimiento afuera, siempre un poco más allá de lo que abarca la abertura propia.

Pero escucha ahora. Parece que es de noche y suena el crepitar de las hojas mordidas por los insectos y la oscuridad. Desde ese adentro que parece que eres, mira tu propio rostro.  Hazlo realmente, mira hasta sentir la transparencia. No ves tu rostro, da igual que haya luz u oscuridad, aquí se trata sobre todo de la imposibilidad de verlo. Voy a tocar ahí, en la imposibilidad. Va a ser un débil trazo, dos delgadas líneas a cada lado de la transparencia. Abre entonces, pero muy despacio, con amable cautela, porque es tu primera mirada. La luz se extiende y envuelve según abres la mirada dando forma al mundo. Ese es tu universo, el espacio que abarca tu mirada. La distancia por donde se alarga cada sonido. La imprecisión del aroma. La lenta impregnación del sabor. La profundidad del tacto. Esa abertura fluyente y continuamente variable de un instante a otro instante abre la transparencia sin bordes del rostro propio.