La oruga y el poema

Cuando la oruga se encierra dentro de la crisálida, cesa la acumulación. Ella suelta y se derrumba desde dentro de sí misma. Dejándose caer para que pueda ocurrir la química. Toda la mínima organización celular se deshace bajo la acción de las propias enzimas digestivas. Cada minúsculo órgano es reabsorbido y la materia se reorganiza dentro del lento sueño en una estructura totalmente nueva donde apenas nada coincide con nada. Lo que surge después es semejante a la flor, y allí acude a veces el nuevo ser a por algo de aroma líquido. Su fragilidad en la curva del aire anuncia que nada pide. Ella solamente se ofrece y deja la información necesaria al dorso de la hoja, para que comience un nuevo ciclo. El breve resto de tiempo lo agotará yéndose al vuelo, en filigranas sin destino, y sin consumir alimento. Parece poética su forma y su breve vida, pero el verdadero poema que en ella se expresa había ocurrido antes, en la lentitud de la oruga, que después de alimentarse sin pausa, soltó toda el aferramiento y toda la forma. En eso consiste un poema. Un poema, en esos pocos casos en que el poema consigue rozar la vida. Soltar el aferramiento a la forma. Para que pueda surgir el vuelo.